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Claves feministas para no morir de amor: 5 lecciones de Marcela Lagarde sobre la negociación afectiva

Una invitación a desaprender el amor que nos enferma y construir vínculos que sostengan la vida



Muchas de nosotras crecimos escuchando que el amor es el "motor de la existencia". Bajo este mito romántico, se nos educó para ser seres para el amor, como si nuestra identidad solo cobrara sentido a través de otros. Pero miremos con honestidad: esta idea ha sido la base de nuestra dependencia, de nuestra postergación, de ese vacío que sentimos cuando no hay nadie a quien cuidar.

En los círculos de mujeres, escuchamos estas historias una y otra vez. Mujeres que han construido su vida entera alrededor de otros. Que sienten culpa cuando piensan en sus propios deseos. Que no saben responder cuando preguntamos: ¿y tú, qué quieres?

Hoy queremos explorar juntas las enseñanzas de Marcela Lagarde. Sus conceptos no solo desafían lo que creíamos saber sobre los vínculos, sino que nos brindan herramientas para dejar de ser espectadoras de nuestra propia vida y comenzar a negociar nuestra libertad.


1. El amor no es un hecho natural, es un mandato histórico

Comprender que el amor no emana de nuestra "naturaleza femenina" es un acto de liberación. Si el amor fuera instintivo, sería inamovible; pero al ser una construcción social e histórica, tenemos el poder de reconstruirlo. Esta perspectiva nos permite quitarle peso a la supuesta "inevitabilidad" del sufrimiento.

"El amor no es un hecho natural, sino que el amor es construido históricamente, que es un hecho aprendido socialmente." — Marcela Lagarde

En los círculos reconocemos esto: mujeres que llegan creyendo que sufrir por amor es parte del destino femenino. Que "así son las cosas". Que sus madres y abuelas también lo vivieron. Pero cuando nombramos que el dolor no es parte del paquete amoroso —que es un hecho aprendido—, algo se mueve. Comprendemos que también podemos desaprender los modelos que nos dañan y negociar nuevas formas de habitar nuestras relaciones.


2. La trampa de la perfección: el mito del amante perfecto

La tradición occidental nos heredó una idea peligrosa: que el amor hace "perfectas" a las personas. Si buscamos a un ser idealizado o intentamos ser la "compañera perfecta", nos exponemos a golpes de realidad muy fuertes. La perfección es enemiga de la negociación real.

Cuántas de nosotras hemos esperado que el otro cambie, que se convierta en quien necesitamos. Cuántas hemos intentado moldearnos para ser lo que él o ella esperaba. Esta persecución de fantasías nos aleja de los pactos posibles.

Nadie es perfecta. Y aceptar esa imperfección —la propia y la ajena— es el terreno donde realmente comienza el encuentro. La negociación afectiva solo es posible entre personas de carne y hueso que reconocen sus carencias. Solo así podemos establecer acuerdos honestos en lugar de perseguir romances de telenovela.


3. El "egoísmo" como herramienta de soberanía

Para Marcela Lagarde y Simone de Beauvoir, ser "egoísta" es una necesidad vital para las mujeres. No se trata de maldad ni de indiferencia hacia otros, sino de la capacidad de ser una mujer habitada por sus propios proyectos. Implica dejar de vivir exclusivamente para los fines de los demás y recuperar nuestra soberanía.

En los círculos, trabajamos esto c

on frecuencia. Mujeres que se sienten culpables por tomar una hora para sí mismas. Que piden permiso para existir. Que han olvidado qué las hacía vibrar antes de convertirse en madres, esposas, cuidadoras.

Para recuperar nuestra soberanía, necesitamos un ejercicio de autoconocimiento radical. No podemos negociar si no sabemos qué defendemos. Lagarde nos ofrece estas preguntas como brújula:

  • ¿Quién soy?

  • ¿Qué soy?

  • ¿Qué quiero?

  • ¿Qué deseo?

  • ¿Qué anhelo?

  • ¿Qué necesito?

  • ¿Qué puedo?

  • ¿Qué hago?

Estas preguntas no se responden en una tarde. Son un camino. Y transitarlo en comunidad, en círculo, hace que el recorrido sea menos solitario.


4. La soledad no es carencia, es un recurso vivificante

En nuestra cultura, la soledad femenina se castiga con el miedo al abandono. "Te vas a quedar sola" es una de las amenazas más poderosas que pesan sobre nosotras. Sin embargo, Lagarde distingue entre estar sola y ser sola. Este último es un principio constitutivo de nuestra identidad: el espacio interno que recuperamos para que no sea colonizado por nadie más.

"La soledad es necesaria para dudar... y la necesito para poder descolocarme de lo que me atrapa, de lo que me hace daño, de lo que no me permite ser." — Marcela Lagarde

En los círculos hablamos de esto: mujeres que nunca han estado solas, que pasaron de casa de sus padres a casa de su pareja. Que temen el silencio porque en él emergen preguntas incómodas. Pero es justamente en ese silencio donde podemos encontrarnos.

La soledad nos permite fortalecer nuestra subjetividad y dejar de ser objeto para convertirnos en sujetas de nuestra historia. Es el recurso necesario para reflexionar e inventar nuevas formas de vida sin el ruido de las expectativas ajenas.


5. Sin tragedias es mejor: la lección de Virginia Woolf

Frente al modelo de Camille Claudel —víctima del sacrificio y la locura romántica—, Lagarde nos propone la disidencia de Virginia Woolf. Ella y su círculo apostaron por un pacto amoroso subversivo, una propuesta política donde el amor es un encuentro entre libertades y no una tragedia heroica.

"En vez de vivir de amor, [Woolf] vivía con amor, desde el amor, pero no lo convertía en el centro de su vida."

Un amor "sin tragedias" es aquel que se vive desde una ética transgresora. Es un vínculo que se construye sobre bases nuevas:

  • Vivir sin castidad obligatoria ni impuesta

  • Soltar la idea de la pareja como propiedad privada

  • Sustituir la fidelidad por mandato por pactos de lealtad voluntarios y conscientes

Esto no significa que sea fácil. Cargamos con siglos de mandatos. Pero reconocer que otra forma de amar es posible ya es un primer paso hacia ella.


Hacia una ética del cuidado propio y colectivo

Las mujeres contemporáneas cargamos con lo que Lagarde llama un sincretismo de género: un choque doloroso entre nuestro deseo de libertad y los mitos tradicionales que aún nos habitan. Queremos ser autónomas, pero sentimos culpa. Anhelamos vínculos igualitarios, pero repetimos patrones aprendidos.

Para resolver esta tensión, necesitamos instalarnos en lo que ella nombra como ciudadanía del amor: reconocernos con derecho a tener derechos y a decidir los contenidos de nuestros pactos.

En los círculos de sanación, practicamos esto cada vez que nos escuchamos sin juicio. Cada vez que validamos el deseo de otra. Cada vez que decimos: tienes derecho a querer lo que quieres.

Si el amor no es un destino trágico sino un pacto entre libertades, la pregunta que queda latiendo es: ¿qué estamos dispuestas a no negociar en nuestras relaciones?

Y quizás más importante aún: ¿qué necesitamos recuperar de nosotras mismas para poder siquiera llegar a esa mesa de negociación?


El camino hacia la soberanía afectiva se teje en comunidad, en círculo, con otras que también están desaprendiendo. Paso a paso. Luna a luna.

 
 
 

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